- Los tiraderos de Felipe
Rosario Avilés
La Crónica de Hoy, 23 de octubre de 2012
Una de las primeras cosas que tendrá que hacer el
próximo subsecretario de Transporte será desmadejar todo el tiradero que
quedará de una de las peores gestiones que se recuerden y comenzar a poner
orden en el subsector transporte aéreo (seguramente habrá que hacer lo propio
en otras áreas de este sector, pero a nosotros nos corresponde hablar de éste).
Entre los muchos entuertos que deja esta
administración en el rubro aéreo, está el asunto de los acuerdos “extra”
bilaterales de aviación que, en rigor, no deberían existir porque las leyes
mexicanas son muy claras en cuanto a que cualquier tratado internacional debe
ser aprobado y sancionado por el Senado de la República, cosa que en este caso
no ha sucedido, lo cual implica que pueden ser declarados nulos.
Lo interesante será saber qué tendremos que pagar a
cambio como país. Es decir, una vez que países como Estados Unidos le hicieron
el “favor” a un funcionario mexicano, de aceptarle un acuerdo que no estuviera
hecho “como Dios manda” (o al menos como “Dios sugiere”) habrá que explicar
cosas y tal vez aceptar acuerdos del tipo “lo caído, caído” que, en resumen,
implican pedir perdón por haber regalado todo.
Aparejado a esto, muchos de los actores del sector
aéreo se quedan sumidos en la indefensión. Aparentemente, una vez que Mexicana
se quedó en tierra gracias a la velocidad y la enjundia mostrada por las
autoridades para apoyar al sector, los funcionarios federales le estaban
“haciendo un favor” a Interjet y a Volaris al autorizarles el uso de slots,
rutas y frecuencias, pero éstos son parte del bagaje de Mexicana dentro del
Concurso Mercantil y por lo tanto, de alguna manera, están en litigio.
Resultado: ni están aquí ni están allá: otro limbo jurídico que este gobierno
le hereda al siguiente.
Algo semejante ocurrirá con el tema del Aeropuerto
Internacional de la Ciudad de México (AICM) y sus slots. Resulta que hace años
que ASA promovió que el Aeropuerto Internacional de Toluca volviera a tener
viabilidad. Para ello, se formó una empresa, se invirtieron más de 250 millones
de dólares para dejar a esta infraestructura operando como era debido (en
Categoría III de OACI, es decir, con luces de pista, ILS y todos los aditamentos
del caso) y se estableció todo un programa de promoción que incluyó un
substancial ahorro (subsidio) para las empresas que decidieran apostar por este
proyecto.
Desde el inicio, Volaris e Interjet, que se
presentaron como “de bajo costo” hablaron de aeropuertos secundarios como parte
del modelo low cost y aparentemente aceptaron el reto de darle viabilidad
operativa a Toluca.
Pero bien pronto se les presentó la oportunidad de
irse a su verdadero objetivo: el AICM y hacia él huyeron, dejando a Toluca sin
ingresos, sin vuelos y sin viabilidad, colgados de la brocha con sus
inversiones e incluso con sus promesas de aforo a la autopista donde lograron
un substancial ahorro con la promesa de darle más viajeros que los habituales.
Como el asunto no tiene para cuándo resolverse y los
susodichos “emergentes” no quieren volver a Toluca, nadie sabe en qué va a
parar el asunto. Ya sabemos que en este país no hay nada más permanente que lo
efímero.
Otro de los muchos pendientes se refiere a la suerte
del actual aeropuerto y su posible solución. Se dijo que el gobierno federal
había comprado terrenos en Atenco para poder construir el nuevo aeropuerto en
Texcoco, pero si esto es cierto o no, no lo sabremos porque ya no tienen tiempo
de anunciar nada.
Lo mismo ocurre con la política de Estado, de largo
plazo, en el sector transporte aéreo. Tanto tiempo invertido, tanto trabajo,
tanto talento, para que todo se quede en veremos. No hubo ni ganas, ni tiempo,
ni capacidad para emitir una política aunque fuera mediana.
Algo similar ocurre con el tema de Mexicana de
Aviación. Sin lograr su ambición de quebrar a la empresa aérea más antigua de
América Latina, estos funcionarios se van con la derrota a cuestas: ni
picharon, ni cacharon, ni batearon. La quiebra significaría un quebranto de
alrededor de mil millones de dólares para el erario público, suficiente para
fincar algunas responsabilidades.
Y en el final de todo, la Dirección General de
Aeronáutica Civil, con sus departamentos de licencias, investigación de accidentes
(que aún no logra saber qué paso con el accidente del ex secretario Blake),
supervisión y vigilancia, todos los cuales languidecen sin remedio. El control
de tránsito aéreo cuyo principal logro fue deshacerse de Agustín Arellano y
Ever Molina; Medicina de Aviación que terminó engullida por Medicina del
Transporte y el Centro Internacional de Adiestramiento de Aviación Civil, que
hoy parece un mal fantasma del ayer.
En medio de todo ello, Felipe el descabellado, que
sólo espera 27 días hábiles para brincar a alguna posición entre sus
favorecidos o posibles empleadores. ¡Pobre país! Tan lejos de la modernidad y
tan cerca de la ignominia
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